LA K, MI K
había problemas.
Y estoy cansado de Cristinas
o de Evitas (de quien te disfrazás)
pero aclaro: no soy del peronchismo,
suelo escaparle a los istmos,
pero sí respeto la lastimera nostalgia
de ciertos abuelos
por sus ídolas de carne y mármol.
Estoy harto de la dinastía K.
¡LA K! ¡LA K!
como osás robarme una letra
astuta embustera que teñís tus raíces
de rojos precisos y acicalados.
Y he de dar vuelta la hoja.
Porque no termina.
¡LA K! repito entonces.
Con qué tupé de condesa
te permitís
dejar incompleto mi alfabeto.
Cosas escuchaba en la radio.
Incredulidad.
Yo exijo: MI K.
La del kiosco colorido, kimonos enternecidos
la de los cinco kilos de tomate
la de una hamaka mal escrita
pero dulcemente hamacada al fin.
La exijo nuevamente: quiero mi K limpia
sin ecos sucios que me pasman
ecos de barros podridos del sur
por donde esos vientos helados
que podrían haber sido aire
te hicieron trastocarte (ojo: por elección propia)
en siniestra princesa de hielo
y fin.
(N. del E: El original se encuentra en un cuaderno Nro. 3, de allí surge la referencia a "dar vuelta la hoja".)